El comienzo, primer relato.

Eran las siete de la mañana, día veinticuatro de mayo del año 1779, el teniente Rojas de la primera compañía de exploradores del Regimiento España de los Granaderos se encontraba en la plaza de armas, del campamento San Andrés, en Baton Rouge, ubicado en  la Luisiana española.

 

En frente suya se encontraban la Tercera Compañía de Exploradores españoles y el Duodécimo Regimiento del Misisipi, detrás de él dos postes con dos soldados en cada uno, preparados para izar las banderas española y la yanqui. Era el protocolo antes de comenzar el entrenamiento.

 

El teniente tiene como misión transformar a esos reclutas yanquis, en auténticos soldados, para que volviesen a logar victorias como la de Saratoga. No era la primera vez que realizaba ese tipo de misión, tenía una dilatada experiencia, aún recordaba cuando el Rey lo había mandado a San Petersburgo, para que entrenase a las unidades especiales del Zar, para que luchasen contra los polacos, guardaba buenos recuerdos de la denominada Venecia del Norte, allí se impregnó y se enamoró de la cultura melancólica rusa, también había estado en Portugal, Nápoles y Austria.

 

Rojas era el prototipo de oficial ilustrado, que se había impuesto en el ejército español gracias a las reformas borbónicas, bien instruidos en matemáticas, geografía y en el combate de armas, además habían recuperado el amor hacia su país. Gracias a esas reformas la Casa de Borbón había impulsado a España a una segunda Edad de Oro, el ejército lograba victorias, la economía mejoraba, el imperio se mantenía.

 

Al cabo de un rato el sargento mayor anuncio que las banderas estaban flameando al viento, ya podía comenzar el entrenamiento.

En el balcón del edificio central del campamento, el capitán Rodríguez, apoyado en la barandilla del balcón, con una copa de vino de Pedro Ximénez en la mano, para entrar en calor, al ver que ya comenzaba la instrucción, volvió a entrar a su despacho. Se sentó en su silla pensativo, quería delimitar la estrategia que deberían seguir sus soldados en los próximos meses, había leído varios libros  hace días, en ellos se contaban las hazañas de los viejos conquistadores, Cortés Pizarro etc. Se había detenido en los pasajes que relataban como esos conquistadores habían convencido a algunas tribus de indios para que sirviesen como unidades de apoyo de los españoles.

Cosa que fue de gran ayuda, Rodríguez quería llevar a cabo esa táctica con las tribus de indios que habitan en los pantanos de Luisiana, ya había mandado algunos mensajeros para que reclutasen voluntarios, ya que se trataba de gente que conocía bien el terreno y luchaban como fieras.

 

El gobernador de Luisiana, el conde Bernardo de Gálvez quería realizar incursiones contra las tropas británicas lo antes posible, para cumplir con las órdenes del Rey, que eran muy específicas: recuperar los antiguos territorios españoles y ayudar en la medida de lo posible a los yanquis. El capitán sabía que no lo tendrían fácil, los Casacas Rojas eran excelentes soldados, los yanquis aún estaban verdes, las distancias en esta tierra eran enormes, el clima horrendo, a eso había que sumar las hostilidades de los nativos.

 

 Mientras en el campo de entrenamiento el capitán William del Duodécimo Regimiento del Misisipi, renegaba de todo, mientras andaba a paso ligero, con el equipo al completo, unos dieciocho kilos en total. Pensaba que era un sufrimiento necesario ya que la recompensa merecía la pena, echar a los británicos de su futuro país.

De repente oyó a su espalda al alférez López que le gritaba, en un francés simple:

 

-     William , más aprisa o se verá haciendo guardias hasta el día del juicio final.

 

El interpelado apretó el paso, hoy sería un día duro, tenían que recorrer más de treinta kilómetros y luego si daba tiempo practicarían el tiro con el mosquete, aún quedaban dos semanas más para que la instrucción finalizase.

 

24 de mayo del año 1779, cerca de la costa de Alabama, tres de la mañana.

 

El bote se alejaba del barco mercante español, el mar estaba un poco picado pero no suponía peligro para la tripulación del pequeño bote. En el iban cuatro remeros y un sargento, con sus respectivas armas, debían de explorar el terreno una vez que desembarcarsen y avisar a la tripulación del mercante, de que no había peligro para comenzar la descarga.

Llegaron a tierra y el sargento fue el primero en bajar, los demás lo siguieron y avanzaron unos metros tierra adentro. El nerviosismo del sargento era evidente, no conocía bien el terreno y no disponían de un guía nativo, alejó esos pensamientos y se detuvo en un claro, dividió a sus hombres en grupos de dos para que abarcasen más terreno, él se quedó esperando.

 

Al cabo de un rato volvieron los hombres, no había peligro, entonces el sargento realizó el santo y seña luminoso y en el barco empezaron a descargar la mercancía. Tardaron tres horas en realizar la operación. El sargento gritó:

            -¡Cabo Pérez organice la escolta para el cargamento, los exploradores que vayan por delante de nosotros!.

             ¡A sus órdenes señor!, ya habéis oído haraganes- gritó el cabo.

Pero antes de que los hombres se organizasen, surgieron fogonazos de mosquetes de los árboles cercanos. El primero en morir fue el cabo Pérez, después le siguieron los demás.

 

La escaramuza duro apenas veinte minutos, de los árboles surgieron varios indios, con ellos iban algunos oficiales británicos, uno de ellos dio una orden y los indios fueron hacia las mercancías descargadas, abrieron las cajas, había munición, mosquetes nuevos y oro, este último serviría pagar al informante y a los indios.

 

El oficial, serio, se detuvo en unos baúles pequeños, en ellos había papeles y libros. estuvo rebuscando entre ellos hasta que encontró lo que buscaba, entonces se permitió sonreir.

 

Okla Hawk, segundo relato.

Quetz terminó de limpiar su cuchillo, en la casaca roja del soldado británico que yacía muerto al lado suyo. Pensaba lo difícil que era limpiar la sangre del arma y lo fácil que había resultado matar a ese hombre, este formaba parte de una columna de granaderos que se dirigían hacia el fuerte San Jorge, ubicado en la frontera que separaba Misisipi de la Luisiana española. Iban confiados esos granaderos, ya que se encontraban en territorio amigo y no se esperaban una emboscada.

 

Esta se produjo a las tres de la tarde justo cuando la columna había parado a descansar, el calor era insoportable y las botas de los soldados no eran nada cómodas, el ataque principal lo llevó acabo el grupo de Quetz, que era la avanzadilla de un grupo más numeroso, cincuenta mujeres guerreras, bien adiestradas en el uso de las armas blancas y de fuego. La sorpresa de los británicos fue total, aquellas mujeres casi desnudas pintadas de rojo y con mirada fanática habían acabado con los famosos granaderos de Su Majestad, en menos de media hora.

 

Ella pertenecía a una de las tribus choctaw más poderosas, la Okla Hawk, todas las tribus choctaw habían firmado una alianza con los blancos que se llamaban así mismos españoles, estos los habían entrenado en la utilización de armas de fuego y en la guerra de guerrillas, además su jefe les había prometido nuevas tierras y respetar su independencia como pueblo. Quetz no se fiaba de los blancos, muchas veces habían traicionado su palabra dada, y deducía que los españoles una vez acabada la guerra contra los británicos no acatarían sus promesas. Ella soñaba de verdad con un pueblo Choctaw fuerte y unido al estilo de los blancos, con su cultura y sus costumbres protegidas de influencias extranjeras.

 

Una figura se puso al lado de ella y le pasó un brazo por lo alto, era Tozt, hermano suyo de padres, este le susurró al oído, en su lengua muskogi:

    - Deja de pensar, querida hermana y vuelve a este mundo, debemos regresar al grupo principal e informar al jefe blanco de lo que ha sucedido aquí.

Su hermana le respondió

  - Ayer me volvieron a visitar nuevos shilups, espíritus, me decían que debíamos abandonar a los blancos y volver con los nuestros para formar el gran pueblo Choctaw, con lo que hemos aprendido de los blancos, hermano.

Este le dijo:

   -Hemos realizado un juramento, Quetz, no podemos abandonar a los blancos, el Ghanta Imataha, el brujo, dijo que el pacto era bien visto por los shilups, que si no hacíamos ese trato nuestro pueblo desaparecería por la acción de los blancos.

Ella le respondió:

   - Nuestro pueblo será destruido a pesar de que cumplamos con lo pactado, tengo sospechas de que el Ghanta Imataha, ha sido corrompido por los blancos mediante la entrega de oro y otros bienes. Por eso debemos actuar por nuestra cuenta y convencer a Rhat, que es el jefe supremo de nuestros guerreros. Yo ya he hablado con mis guerreras y ellas me apoyan, solo faltáis los hombres, espero que no tardéis en decidiros.

                     

 

 El grupo de guerreros choctaw-hawk, en total unos trescientos, regresó por la noche al campamento español, este estaba construido a lo largo de una pradera, se habían talado los árboles que estaban alrededor del fuerte para facilitar la visión ante posibles ataques,  un foso bien profundo bordeaba el fuerte.

 

El campamento disponía de dos puertas, una dirección norte y otra sur, en el interior, se podía apreciar la influencia de los antiguos romanos, cardo y decumano, las tiendas bien ordenadas, y sobre todo limpieza, aquello demostraba que los españoles eran sumamente disciplinados y que el jefe que los comandaba no dejaba casi nada al azar. Allí se alojaban los hombres del Regimiento España de los Granaderos.

Rhat, jefe de los guerreros hawk, se dirigió a la tienda principal, donde se hallaba el jefe blanco, una vez entró, este lo invitó a sentarse y le sirvió una copa de vino, el indio era de los pocos nativos que apreciaba el licor de Baco.

 

El capitán Rodríguez fue al grano:

            -Infórmame rápidamente Rhat, sobre la escaramuza de hoy.

Este respondió:

            -Ciento cincuenta británicos muertos, capturamos también sus armas y municiones. Nosotros perdimos cuarenta guerreros.

Rodríguez lo miró con dureza y le dijo:

            -Háblame sobre tu guerrera Quetz, que maneja a tu grupo de mujeres soldados. Han llegado a mis oídos que no se siente a gusto con los españoles, que piensa que es mejor que los choctaw rompan su juramento con los blancos y que creen su propio pueblo, ¿es verdad?

Rhat estaba sorprendido, pero respondió lo más rápido y sinceramente que pudo:

            -Son solo rumores, no te preocupes, el Ghanta Imataha y yo mantenemos las riendas de nuestros soldados y de nuestro pueblo, no romperemos nuestro juramento.

Rodríguez meditó esas palabras durante un rato y dijo:

            -Esa mujer debe ser apartada del mando, debe regresar a vuestro poblado y debe ser aislada, mis informantes dicen que tiene un gran poder de persuasión, no me arriesgaré Rhat. Ya tienes tus órdenes cúmplelas y si se niega mátala, de manera sutil, el brujo y tú os jugáis mucho.

El guerrero indio asintió y salió de la tienda para obedecer al capitán.

           

 

La herida del brazo sangraba y dolía mucho, el corte era profundo debido al tomahawk de Rhat, le impedía correr y pensar con claridad, buscaba el camino que le condujese al Okla Petc, la noche dificultaba la orientación.

 

El complot para asesinarla había fracasado. Rhat había entrado en su tienda con veinte de sus soldados fieles, pero la rapidez y la valentía de sus guerreras de escolta la habían salvado, por suerte los indios no vivían dentro del campamento y pudo escapar hacia el bosque. Pensó en su hermano que a estas horas estaría prisionero o muerto y lloró.

 

Encontró el camino por fin, tardaría tres días en llegar, si es que llegaba viva. Rath, el brujo y su jefe blanco lamentarían lo ocurrido esta noche.

 

 

Invictos, tercer relato.

El fuego no respeta nada, ni animales, ni objetos, ni casas ni siquiera a los muertos. Eso pensaba el teniente Rojas, viendo como el fuerte Black Rock, en el interior del territorio del Misisipi, ardía completamente, junto con los cuerpos de los dos mil británicos que hasta hace unas horas lo habitaban, a eso había que sumarle los trescientos españoles y cien indios choctow que acompañaban a las tropas españolas, que habían muerto por España.

 

Que desperdicio de hombres y de material pensaba el teniente Rojas, todo para la gloria del Imperio. En su cabeza sonó un poema que le había recitado uno de los soldados asiáticos del Zar en San Petersburgo:

``La alternancia del auge y el declive es una ley del universo.

La prosperidad eterna no existe, el día de la derrota es el inicio de la victoria

Y el día de la victoria es el inicio de la derrota que se experimentará algún día´´.

 

Reflexionando sobre el significado del poema se preguntaba, si merecía la pena luchar por algo que va a desaparecer dentro de unos años, si merecía la pena la muerte de tanta gente valiente y tanto derroche de dinero, en vez de mejorar las condiciones del pueblo. La respuesta ante estas declaraciones fue clara, no, no merecía la pena tal sacrificio.

 

En contraste con el abatimiento del joven teniente, estaba la figura exultante del capitán Rodríguez, que con aquella victoria se situaba a la cabeza del Estado Mayor del conde Bernardo de Gálvez, con amplias posibilidades de obtener el puesto de Gobernador en alguno de los nuevos territorios conquistados. El conde premiaba a los hombres audaces y ambiciosos como él. Y su tío el ministro de las Indias, don José de Gálvez y Gallardo, siempre buscaba a personas con un futuro prometedor, para incorporarlas a la Corte Real. El capitán se veía ya como uno de los grandes de España. Pero a la diosa Fortuna le gusta jugar con los humanos y puede ser muy cruel.

 

Okla Wetz, varios días antes de la caída del fuerte Black Rock

 

Quetz había dado un paso más para alcanzar la ansiada venganza, había sellado otro pacto con una de las tribus choctaw más poderosas de la Luisiana, la Weltz, ya eran un total de tres tribus las que se habían unido a su causa contra la Okla Hawk y los españoles.

 

La primera de esas tribus fue la Okla Pect, su Ghanta Imataha la acogió y curó su herida. El discurso realizado por Quetz hizo mella en la orgullosa tribu y no dudaron en seguirla en su sueño. La segunda tribu en unirse fue la Okla Jork, famosa por su valentía, durante su estancia allí, se enteró que Rhat  y el brujo habían iniciado una purga entre sus guerreras y entre los demás miembros de la tribu, sospechosos de comulgar con sus ideas, entre las victimas estaba su hermano.

 

Al recordar a su hermano, Quetz se juró no parar hasta alcanzar la victoria costase lo que costase, el próximo objetivo era convencer a la más poderosa tribu choctaw, la Wytl.

 

 

Alrededores de Mobila, 1781

 

El capitán Rodríguez, recibió el mensaje, a las seis de la tarde, estaba inspeccionando las defensas españolas alrededor de la ciudad. Esta había sufrido un ataque inglés que a duras penas se había rechazado. Estos, gracias a unos documentos que habían capturado unos meses atrás, sabían que la ciudad esperaba refuerzos por parte del conde Gálvez ya que sus fuerzas se habían visto mermadas por las enfermedades.

 

Gracias a la resistencia de la guarnición, se pudo enviar un mensaje de socorro a las avanzadillas de Gálvez, en las cuales se encontraba el capitán Rodríguez, que a marchas forzadas llegaron a la ciudad en poco tiempo.

Aunque ya los ingleses se habían retirado, no se perdió el tiempo y se empezó a fortificar la ciudad, que serviría como base de operaciones contra Pensacola, en Florida, para recuperar del todo los territorios perdidos.

 

El mensaje confirmaba los peores temores del capitán, se alertaba de la unión de algunas tribus choctow contra los españoles, las oklas Pect, Weltz, Wylt, Jork y parte de los Hawk, eso complicaba los planes de Gálvez, ya que dejaba en la retaguardia española un puñal que podía atacar a los puntos de suministro. Aún seguían fieles a los españoles parte de los Hawk y otras tribus menores, las órdenes eran las siguientes: el capitán debía enviar un regimiento de soldados fogueados al mando de un hombre de confianza para que acabase con el peligro.

 

El capitán pensó de momento en el Regimiento España de los Granaderos del teniente Rojas, además se sumaría parte del Regimiento del Misisipi yanqui, sumaban alrededor de cuatro mil hombres, suficientes para acabar con la sublevación. Ahora pensó Rodríguez, solo queda castigar a Rhat y al brujo por su fracaso.

 

Pantanos de la Luisiana española, 1781

 

El teniente Rojas, iba en vanguardia con la Tercera Compañía de Exploradores, era de los oficiales que pensaban, que un superior siempre debía dar ejemplo e ir el primero y afrontar los mismos peligros que sus soldados, estos se veían ralentizados por los pantanos y caimanes, no soportaban los mosquitos.

 

El combate comenzó justo al atardecer, la vanguardia se vio rodeada de momento, caían los hombres, el teniente intentaba organizar la defensa, pero se veían superados en número, todos los mensajeros que se habían mandado para contactar con el grueso de las fuerzas estaban muertos.

 

Quetz, observaba la batalla con optimismo, sus guerreras se habían encargado de la vanguardia, los demás estaban con el grueso de las tropas y la lucha se inclinaba a su favor. La vanguardia resistió una hora más, los supervivientes se rindieron, entre ellos estaba el teniente malherido en las piernas y cabeza.

 

Los guerreros choctaw se retiraron gradualmente hacia los pantanos, el segundo al mando de las fuerzas españolas organizó una defensa en erizo puesto que ya era de noche, mañana pensó se ocuparían de los supervivientes de la vanguardia, si es que había alguno.

 

 

 

Ganadores y perdedores, cuarto relato.

Pantanos de Luisiana, 1781

 

 

Era una mañana fresquita, agradable, perfecta para recorrer unos cuantos de kilómetros antes de que apareciese el típico bochorno que impedía caminar. Esto no quitaba que el capitán Rodríguez, maldijese una y otra vez al teniente Rojas por su fracasada expedición de castigo contra las tribus choctaw y por dejarse capturar vivo.

 

El informe había llegado a Mobila hace un mes, el Conde se puso hecho una furia y culpó al capitán de todo, aún recordaba sus pablaras:

 

-Usted es el responsable Rodríguez, lo tenía como un oficial competente, me aseguró que el teniente Rojas era el mejor de sus hombres y que esa expedición apenas duraría dos meses. Pues ya ve que eso no será así.

 

El capitán respondió:

 

- Vuestra Excelencia debe comprender que esos salvajes conocen perfectamente el terreno y que son expertos en la guerra de guerrillas. Deje que mande otra expedición con el teniente Martín, es hombre capaz.

 

Gálvez se limitó a decir:

 

-Será  usted, quien vaya personalmente con la nueva expedición de castigo, no tomará parte del asalto a Pensacola. Además le ordeno que capture con vida a esa nativa agitadora, para que la Inquisición se ocupe de ella. Si vuelve a fracasar capitán, le haré un consejo de guerra. Aunque si triunfa, quizás vuelva a recuperar mi favor.

 

Rodríguez, con la boca abierta no sabía que responder, estuvo así unos segundos, después recuperó la compostura y dijo:

           

-No le defraudaré Excelencia.

 

Rodríguez volvió al presente y juró que si Rojas estaba vivo lo ahorcaría por cobarde e incompetente, después ordenó el alto y que montasen el campamento.

 

Alrededores de Baton Rouge, 1781

 

Era la séptima guarnición española que caía en manos de los rebeldes choctaw, Quetz ordenó que se ejecutasen a los prisioneros ya fuesen nativos o blancos, era el modus operandi, cada vez que se conquistaba una guarnición.

 

Hawet, jefe de la Okla Wylt, se acercó hasta Quetz y dijo:

 

-¿Cuándo atacaremos Baton Rouge?

- Solo quedan 4 guarniciones, que son las más importantes. –le respondió Quetz.

 

Hawet se fiaba de ella, ya que los había conducido a la victoria siempre, pero pensaba que era mejor retirarse y fortalecer sus poblados y seguir con la guerra de guerrillas pero se calló y se volvió hacía sus hombres para ordenarles que preparasen los turnos de guardia, pronto anochecería.

 

Pantanos de Luisiana 1781

 

El Regimiento del Misisipi, había aniquilado el Okla Pect, el capitán William, se sentía satisfecho, los nativos no esperaban que las tropas de la expedición se dividiesen para atacar a cada poblado. Debía reconocer que el capitán Rodríguez era un buen estratega, en estos momentos él con el Regimiento España de los Granaderos, debería haber acabado con el Okla Jork y se estaría dirigiendo hacia la Okla Wylt. Ellos se ocuparían de la Okla Weltz.

 

William llamó a su guía nativo:

 

-Rhat indícanos el camino hacia Weltz.

 

El otrora jefe de los Hawk, asintió a su nuevo amo y empezó andar seguido de los miles de soldados blancos, pronto no quedarían choctaw en la tierra.

 

Alrededores de Baton Rouge, 1781

 

 

La noticia de la devastación, de los oklas, Weltz, Jork y Pect, llegó hasta las fuerzas nativas. Rápidamente Quetz reunió a los jefes de las tribus, y debatieron que hacer. El primero en hablar fue Orch, jefe de la Okla Pect:

 

 

-Debemos regresar a nuestros hogares para rescatar a los supervivientes.

 

- Primero tenemos que ayudar a los Wylt que siguen resistiendo,debemos responder como un pueblo unido no como tribus aisladas, luego nos ocuparemos de los supervivientes. Los blancos no esperaran un ataque sorpresa tan pronto-respondió Quetz.

 

 

Los jefes de los oklas, Pect y Jork se negaron a cumplir las órdenes de Quetz y se marcharon con sus hombres a buscar a los supervivientes. Los demás partieron hacia Wylt.

 

Pantanos de Luisiana, 1781

 

La caída de Pensacola enfureció aún más al capitán Rodríguez, a eso había que sumarle que todavía no había conseguido abatir a los Wylt, el capitán William lo observaba, con temor, sus hombres seguían persiguiendo a los supervivientes Wylt, ya que  el Regimiento España de Granaderos había vuelto a Mobila. Rodríguez no estaba contento con sus resultados.

 

Había otra preocupación y es que los informes decían que una fuerza numerosa de nativos se dirigía hacia Wylt para ayudar a los supervivientes. William se preguntaba si serían suficientes para contenerlos.

 

Pantanos de Luisiana, 1781

 

El capitán William observaba el campo de batalla, lo miraba con ojos abiertos, asustados. Lo veía desde una estaca de madera, ya que sus temores se habían hecho realidad. Los indios habían pillado al Regimiento Misisipi por sorpresa, muchos de sus hombres habían huido hacia los bosques, pero serían cazados uno a uno, los restantes yacían junto a miles de cadáveres indios. El capitán Rodríguez observaba el campo a ras de suelo, puesto que se había suicidado antes de la derrota con su propia espada, una devotio como los romanos, había dicho. Adiós a sus sueños de gloria.

 

El teniente Rojas lo observaba todo, al lado de Quetz, parte de la victoria se la debían a él, estaba asqueado de tanto rey, de nobles, de religión, quería una nueva vida y tomó partido.

 

Quetz en cambio sabía que su sueño de un gran pueblo Choctaw no sería posible, quedaban muy pocos de los suyos, era el precio que tenían que pagar por la libertad, se retirarían a los Apalaches, una nueva vida comenzaba.

 

Epílogo, Baton Rouge 1785

 

El viajero llegó al amanecer a Baton Rouge, iba a lomos de un caballo negro, llevaba una bandolera cruzada, se acercó al puesto de guardia, y le dijo al oficial que quería ver al Gobernador.

 

 Don Bernardo de Gálvez lo observó detenidamente, el viajero extrajo de la bolsa unas cabezas y las dejó en la mesa. Se trataba de las cabezas del traidor Rojas y de su mujer Quetz, al momento el Gobernador recordó los versos del capitán de los Tercios Diego de Acuña y sonrió.